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Gambito de dama o del ajedrez es sexy

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Tres de los cerebros más potentes de la historia del ajedrez salvadoreño son los de las hermanas Zepeda y el de Nayda Ávalos. Cultivaron un dominio abrumador en el área centroamericana, se semiretiraron haciendo poco ruido, con elegancia. En el último cuarto de siglo, el ajedrez no fue más emocionante que en sus manos.

Como en El Salvador, los tableros del deporte ciencia han sido coto femenino desde hace décadas, legado de mujeres que en las primeras tres décadas del siglo XX superaron las convenciones del competitivo e intelectual mundo del ajedrez. La rusa Vera Menchik, primera campeona mundial, la alemana Sonja Graf y la georgiana Nona Gaprindashvili destrozaron a fuerza de torneos el chauvinismo que sí se mantuvo hasta pasados los años 60 en el tenis o que todavía campea en el boxeo y en algunos deportes colectivos.

¿Hubo, hay o habrá ajedrecistas que considerarán a alguien su par sólo a partir del género y no de su ráting y atestados? Quizá, pero es un pensamiento minoritario desde hace más de medio siglo. Y la aproximación que la miniserie "Gambito de Dama", producción de Netflix que arrasa en el streaming criollo en las últimas semanas, es refrescante precisamente por eso, ya que aborda hasta con cierto desdén ese ángulo y se centra en la personalidad neurótica de su protagonista, la temible Beth Harmon, interpretada por la no menos peligrosa Anya Taylor Joy.

La historia de Harmon, huérfana convertida en celebridad gracias a su genialidad sobre el tablero, obsesiva compulsiva y víctima de las adicciones, era suficientemente interesante para hacer de los siete episodios de la producción un discurso político, una tentación que otras películas sobre las mujeres en el deporte no soportaron, léase "La Batalla de los Sexos" de 2017 o la realmente horripilante "Contra las cuerdas" de 2004, con una Meg Ryan ya decadente.

Acaso la exposición general de la historia exija al espectador soportar unas licencias exageradas, pero son concesiones que finalmente brindamos ante dos aspectos de la serie que son genialidad pura y bruta.

En primer lugar, la reconstrucción histórica del look and feel de los 60 a través de unos detalles que sólo pueden ser obra de un director artístico neurótico, perfeccionista de modo puntillista.

La secuencia en la que Harmon ingresa al hotel sede de la competición en Las Vegas, bajo los sensuales trompetazos de "Comin’ Home Baby" de Quincy Jones es quizá el culmen de ese afán casi documentalista del director Scott Frank.

Y en segundo, el modo en que el ajedrez es reivindicado, abordado no como un divertimento ilustrado ni como un deporte sino como un baile, un arte, una cadencia, es sin duda un impagable homenaje de Frank al novelista Walter Stone, autor del texto que inspiró la miniserie y un enamorado del tablero.

Las pasiones de Stone no eran el ajedrez y el billar -este último inmortalizado en dos de sus novelas, una de ellas inspiración de la oscarida "El color del dinero"- sino la subcultura asociada a ambos juegos, la adictiva adrenalina asociada a las apuestas en el caso del "pool", y la nobleza del ajedrecista, un espíritu incomprendido por su propensión a la contemplación, al soliloquio y a la repetición.

Con la asesoría del ex campeón mundial Gary Kasparov, la producción es pródiga en guiños para el conocedor del ajedrez (alusiones a Bobby Fischer, al maestro cubano José Capablanca, un aire a los excesos de Bobby Fischer, y por supuesto a la jugada que da nombre a la serie, el gambito de dama que Wilhelm Steinitz reivindicó en los años 30).

Pero a la vez, la gracia con la que se recrean las partidas, el aire cultivado en que se compite, la deportividad de la que se hace gala en la derrota, esta última un arte olvidado por muchos otros antes de Trump, son un imán para que una nueva generación se interese en el ajedrez.

Ese capital tan heterogéneo es lo que vuelve tan recomendable a "Gambito de reina": la serie parece perder el primer peón en la salida, pero sobrevive a ser sólo un manifiesto de género, y se convierte en un estudio sobre la demencia como contracara de la genialidad, sobre cómo la búsqueda de querencias puede destruirte y sobre el triunfo de la voluntad. A la postre, mate.

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