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Ante los retos ingentes, el gobierno ha sido inconsistente

El endeudamiento a consecuencia de la pandemia es plausible; tampoco es responsabilidad de este gobierno que el país deba pagar poco más de 300 millones de dólares en intereses sobre sus bonos internacionales este año y alrededor de otros 800 millones de dólares en un bono que vence en enero. Pero es su deber honrarlos, so riesgo de un perjuicio enorme a la economía salvadoreña.

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El gobierno de Bukele será recordado por el modo en que enfrentó tres retos ingentes: la pandemia de COVID-19, la crisis económica derivada entre otros factores por la inversión sanitaria y la crisis de seguridad derivada del ascenso de las pandillas en los gobiernos anteriores.

Narrativamente, el régimen triunfó ante cada una: sobre la pandemia, asevera ante cualquiera que quiera oírle que fue uno de los gobiernos del mundo que mejor gestionó la situación con base en unos criterios que sólo son conocidos por las encuestadoras que trabajan para el gobierno; sobre las pandillas, pasó del plan control territorial a un estado de excepción repleto de abusos, manteniendo en ambos casos el enunciado de un Estado fuerte pero que no rinde explicaciones acerca de sus métodos; y sobre la crisis financiera, sigue sosteniendo que el bitcóin será la panacea.

A este último respecto, hay que comenzar diciendo que durante la primera mitad de la administración de GANA y en especial durante el primer año de los servicios secretariales de Nuevas Ideas en la Asamblea Legislativa, la deuda de El Salvador subió desde 19 mil 800 millones de dólares a fines de 2019 a 24 mil 400 millones de dólares en diciembre pasado.

El endeudamiento a consecuencia de la pandemia es plausible; tampoco es responsabilidad de este gobierno que el país deba pagar poco más de 300 millones de dólares en intereses sobre sus bonos internacionales este año y alrededor de otros 800 millones de dólares en un bono que vence en enero. Pero es su deber honrarlos, so riesgo de un perjuicio enorme a la economía salvadoreña.

Lo más sensato era presentarse ante la banca internacional con las credenciales más responsables posibles para conseguir ese dinero. Y eso es lo que se creyó durante varios meses, que el ministro de Hacienda agotaría todos los esfuerzos hasta conseguir esos 1 mil 300 millones de dólares. Pero repentinamente, sin ningún análisis técnico, sin ninguna discusión pública, moviéndose como quien obedece a corazonadas, el presidente le reveló al país su debilidad por las criptomonedas, su convicción de que ese camino de alta especulación y riesgo salvaje rendiría dividendos al Estado y construyó alrededor de esa idea una fanfarria propagandística que fue demasiado fantasiosa incluso para sus estándares.

Los costos de esa ilusión convertida en política económica han sido más onerosos que la devaluación de 35 millones de dólares del dinero invertido en la compra de bitcóin. La adopción de esa especie como moneda de curso legal debilitó el perfil del Estado salvadoreño como sujeto de crédito de tal modo que a seis meses para comenzar a pagar sus deudas, nadie sabe de dónde pretende Bukele obtener el dinero para no llevar al país a un default.

Tampoco se sabe, volviendo a los otros retos de su administración, hacia dónde pretende conducir la política de seguridad porque si la apuesta es mantener militarizada a la sociedad e intervenida la convivencia en los municipios tradicionalmente violentos, eso requiere una inversión pública que no hay cómo sostener.

De fondo asoma el principal defecto de este gobierno, un rasgo preponderante, un pecado de origen: nunca tuvo proyecto. Aunque su discurso ha oscilado entre refundar la república, reescribir la historia e inventarse otra Constitución, su visión de gobierno se trata más de los que no caben en el país que de cómo mover a la nación en una hoja de ruta integral hacia un destino, cualquier destino. Gobernando a puras corazonadas lo único que se puede hacer es perder el tiempo y perder dinero. Y así vamos.

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Tags:

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