De bimonetarismo, estrés ciudadano y crisis económica

Valga recordar que una moneda cuya cotización sufre grandes altibajos está expuesta a fuertes especulaciones. Y según explican los expertos en las criptomonedas, varios de estos instrumentos acostumbran valer mucho para luego depreciarse rápidamente. El efecto es que hay fugas de capital cada vez que están en la cima, y entradas especulativas cuando están en la llanura.

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Todo agente económico deberá aceptar bitcóin como forma de pago cuando así le sea ofrecido por quien adquiere un bien o servicio. Eso reza el artículo 7 de la Ley que desde esta semana regula la adopción de una nueva moneda en El Salvador, asunto de profundas implicaciones llevado a cabo sin ningún análisis ni discusión del oficialismo.

El trauma supuesto por esta noticia para la nación no puede ser menoscabado; es similar a lo que los salvadoreños sintieron con la dolarización, el 1 de enero de 2001.

Son traumas porque la moneda no es una convención menor. Nada, ni siquiera el mismo idioma, une tanto a tantas personas como el uso de la misma moneda; y en la misma lógica, nada la separa tanto como el uso de monedas distintas, peor aún en un mismo Estado.

Volviendo a la ley aprobada por los criados del presidente de la República, pese a que sostiene que ningún prestador de servicios o vendedor de bienes puede negarse a recibir esa moneda digital, excluye en el mismo acto a quienes por hecho notorio no tengan acceso a las tecnologías que permiten ejecutar ese tipo de transacciones. En otras palabras, se reconoce que el uso de esta especie no será universal como sí lo es el del dólar.

De este ángulo deriva otro riesgo, el conocido efecto Gresham según el cual cuando en un sistema hay dos monedas, una de valor estable y otra con tendencia a devaluarse, la gente paga con la segunda y acumula la primera. Que eso ocurra en el sector más formal de la economía sería una anomalía extra.

Acerca del bitcóin, valga recordar que una moneda cuya cotización sufre grandes altibajos está expuesta a fuertes especulaciones. Y según explican los expertos en las criptomonedas, varios de estos instrumentos acostumbran valer mucho para luego depreciarse rápidamente. El efecto es que hay fugas de capital cada vez que están en la cima, y entradas especulativas cuando están en la llanura. Creer que eso le conviene a la economía de un país es ser o estúpido o tener una agenda al servicio de otros intereses.

Y, para peor panorama aunque nada raro en este El Salvador de Nuevas Ideas, la información pública sobre esta decisión, sobre sus motivaciones, sobre la estrategia a la que obedece esta iniciativa no es suficiente, de tal suerte que al ciudadano le llegan escasos ecos con un fuerte sesgo y sin una explicación convincente.

Como dicen, en economía no cabe esperar milagros: la crisis que se adviene por el despilfarro, el endeudamiento irracional y la ausencia de perspectiva del Gobierno es inatajable, con una sola moneda o con dos. Pero siendo El Salvador un barco de papel en las aguas de los organismos multilaterales y estando a expensas de lo que la geopolítica de Washington dicte, el timing con el que se decide mandar al país al bimonetarismo es fatal.

No sólo es que las señales del Gobierno no son las de estar dispuesto a reducir el gasto ni sujetarse a un programa internacional que le obligaría a reestructurar su política fiscal y económica; es que además, al permitir este inesperado bimonetarismo, pareciera que Bukele quiere romper la camisa de fuerza de la dolarización para seguirse entregando al despilfarro fiscal.

La actual estabilidad monetaria parece no importarle al mandatario. La confusión y el estrés a los que ha sometido al sistema bancario y a los empresarios de todos los niveles tampoco le abaten. Distraer al público del desmantelamiento de la Cicies, de los descubrimientos forenses en Chalchuapa, de la crisis diplomática con Estados Unidos y del triste desenlace para los tepesianos le debe saber a dulce, amén de que hay otros intereses en juego que se ven honrados con la posibilidad de abrir un paraíso fiscal en el ombligo de Centroamérica.

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