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Dos riesgos de los que Salud debe ocuparse pronto

La primera es una nueva ola de covid-19 como probablemente no se vivía desde inicios del año, cuando el titular de la cartera debió reconocer la presencia de la cepa ómicron muy a su pesar (...). Hay otro tema sobre el cual esa cartera de Estado tiene que actuar rápidamente: las enfermedades que ya estaban instaladas en el sistema carcelario y que, debido al hacinamiento que se ha disparado hasta índices inéditos, van muy probablemente a dispararse. La principal preocupación, pasando por encima de los inevitables brotes de dengue, zika y chikunguña, es la tuberculosis.

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Dos situaciones sanitarias demandan atención inmediata del Ministerio de Salud, ambas obvias pero sobre las que probablemente el gobierno no quiera abundar para no dañar su narrativa.

La primera es una nueva ola de covid-19 como probablemente no se vivía desde inicios del año, cuando el titular de la cartera debió reconocer la presencia de la cepa ómicron muy a su pesar, luego de que el régimen levantó sin mayor análisis todas las restricciones de ingreso al país.

No es casualidad que la nueva ola se produzca de modo simultáneo a la realización de una serie de eventos multitudinarios, de que los espectáculos deportivos y artísticos se multipliquen sin ninguna restricción y de que en general la población se entregue a sus actividades con pocos recaudos de los que se habían vuelto un credo: distanciamiento social, uso de mascarilla, lavado de manos y recurrencia inmediata al sistema de salud ante la presencia de síntomas de afección respiratoria.

La reactivación económica era uno de los objetivos del proceso de vacunación, el país no podía seguir dándose el lujo de aperturas intermitentes, eso es indiscutible. Pero el triunfo de la nación y de las autoridades en la materia no consistía sólo en someterse a la inmunización y en vigilar de modo sostenido durante meses las recomendaciones profilácticas; la segunda parte es, pasados casi dos años del encierro, recordar la vulnerabilidad de la red hospitalaria, la alta tasa de contagio a la que se expone una población que vive en tales densidad y concentración en los centros urbanos como la salvadoreña, y actuar en consecuencia.

El gobierno no debe levantar el dedo de la monitorización, y compartir las cifras a la población de manera regular. Que durante largo paréntesis el Ministerio de Salud no actualice los datos es un error; sin esa información no puede actuar con la velocidad que alguna coyuntura requiera y tampoco puede sensibilizar a la población si por omisión y por propaganda se le ha transmitido la noción de que El Salvador ya venció al coronavirus.

Hay otro tema sobre el cual esa cartera de Estado tiene que actuar rápidamente: las enfermedades que ya estaban instaladas en el sistema carcelario y que, debido al hacinamiento que se ha disparado hasta índices inéditos, van muy probablemente a dispararse. La principal preocupación, pasando por encima de los inevitables brotes de dengue, zika y chikunguña, es la tuberculosis.

Un estudio internacional estableció que entre 2011 y 2017, los casos de tuberculosis en las cárceles salvadoreñas habían aumentado en un 40 por ciento; en aquel momento, además de afirmarse que ningún país latinoamericano controlaría esa enfermedad si no la combatía en sus prisiones, se recomendaba en tal sentido reducir el hacinamiento, mejorar la ventilación y la atención médica, y cribar activamente a las personas que entran o salen de la prisión. Nada de eso pasa en El Salvador en este momento.

Si Salud no se hace cargo de la situación, superando el velo de opacidad que caracteriza a la Dirección de Centros Penales, y protagonizando un rol activo, científico y valiente ante esta amenaza, le conviene irse desmarcando del potencial aumento de casos no sólo dentro sin afuera de las penitenciarías, porque una persona puede convertirse en vector sólo con haber estado algunas semanas en uno de esos lugares, haber bebido agua de una misma fuente y haber convivido en las condiciones decadentes que ya se conocen.

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