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El Salvador: Sintiéndose más cercano desde la distancia

La pertenencia no se construye únicamente con la presencia física.

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Desde que emigré de El Salvador por primera vez en agosto de 2018, he descubierto que la pregunta más difícil que he de responder sobre mi país ha sido si quiero o no volver. Sin embargo, en los últimos meses se hace más evidente que la única manera en la cual sería capaz de desarrollar un sentido de pertenencia hacia El Salvador es no estando físicamente en el país.

El mayor problema que alguien puede encontrar al intentar hacer sentido a lo que digo reside en la manera en la cual nos han enseñado, que la pertenencia se desarrolla: en lugar de ser una relación basada en el lugar, deberíamos de entenderla como una relación basada en las personas. En lugar de entender la pertenencia como una característica, entendámosla como una cualidad construida con las personas.

Empecemos desde el inicio. He estado entre Europa y Estados Unidos por alrededor de cuatro años. A pesar del tiempo, en muchas ocasiones cuando conozco a una persona que no es parte de la comunidad latina recibo alguna de las siguientes preguntas: ¿Eres mexicano? ¿De qué parte de México eres? Cuando les cuestiono el porqué consideran que soy mexicano, la mayor parte de ellos responde: "Es que te ves latino". Al mismo tiempo, la comunidad latina no es la única afectada por estos estereotipos. Igualmente, no podría contar la cantidad de ocasiones en la que alguno de mis amigos de origen asiático es preguntado, por personas que no son parte de la comunidad asiática, si son de China o Japón. Estos casos ejemplifican cómo hemos sido enseñados a solamente asociar la pertenencia e identidad de una persona con países o regiones en específico.

Considero que el establecer la pertenencia de una persona solamente en lugares geográficos crea un problema de invisibilidad para los migrantes. Estos tratan de convertirse en más mainstream, tratan de adaptarse lo más posible al nuevo lugar en el que se encuentran. Personalmente, continuamente pierdo la identidad que acarreo de El Salvador y en la mayoría de casos aún me siento como un outsider (fuera de lugar) sin importar cuánto lo intente.

Cuando propongo un entendimiento de la pertenencia como una relación basada en las personas, me alejo de propuestas basadas exclusivamente en el mandato de Derechos Humanos (este es un acercamiento cuestionable, considerando que la DUDH ha dejado de lado la ética y valores que difieren de los ideales europeos). En su lugar, soy creyente que la pertenencia es construida mediante la vivencia comunitaria. En otras palabras, la pertenencia es creada mediante las experiencias vividas con otros miembros de la comunidad, recurso por el cual se crea afinidad dentro de un grupo y que provee legitimidad a sus relaciones interpersonales. Un ejemplo de esta propuesta es el desarrollo de una ciudadanía basada en movimiento sociales, propuesta por la activista Tania Carrasco y la antropóloga Seif Hida.

Al comprender el origen de la pertenencia en las relaciones que las personas desarrollan unas con otras, abrimos la posibilidad de un verdadero reconocimiento y desarrollo de las culturas y cuerpos migrantes.

Esto me trae de vuelta a la pregunta de si quiero o no volver a El Salvador. Me he encontrado luchando constantemente con la situación social, política y económica que actualmente enfrenta el país y he vivido estos problemas con otros salvadoreños que, como yo, se encuentran a miles de kilómetros, hemos desarrollado una pertenencia más fuerte con y hacia El Salvador. Una pertenencia que está originada en las luchas que enfrentamos juntos, a la distancia, como salvadoreños fuera de nuestro país y con las limitaciones que esto conlleva. Esta posibilidad nos ha dado la oportunidad de encontrar un lugar de pertenencia dentro de los constantes cambios a los que estamos expuestos y su relación con una identidad salvadoreña.

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