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El ministro reconoce lo que todo el mundo sabía

Nadie es infalible ante un fenómeno de este calibre y naturaleza, pero la indolencia del gobierno en estos dos meses ameritaría interpelación e investigación si El Salvador todavía gozase de independencia de poderes. Que en 24 horas el ministro cambie de declaraciones en una materia que está costándole tanto a la nación y al Estado corrobora el desorden de prioridades de varios en el gabinete y la desvergüenza en que puede caer una persona cuando cuenta con garantía de impunidad.

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Ayer, el director de la Organización Mundial de la Salud sostuvo que la pandemia está lejos de llegar a su término. No sólo eso, enfatizó que la actual cepa "puede ser menos grave pero de todos modos está causando hospitalizaciones y muertes, e incluso los casos menos graves están inundando las instalaciones sanitarias". Tedros Ghebreyesus también puntualizó que muchas personas continúan siendo vulnerables.

Otra voz autorizada sobre el tema, el estadounidense doctor Anthony Fauci, ilustró que en su planteamiento de que las pandemias constan de cinco etapas -pandemia, desaceleración, control, eliminación y erradicación- el covid continúa en su fase uno y que celebrar eventualmente una ralentización de la enfermedad dependerá de que no aparezca otra cepa.

Son voces a las que vale la pena escuchar para entender lo que ocurre más allá de las cifras que describen un contagio rampante. A los políticos y a sus propagandistas les encantan los números porque son manipulables, porque un mismo número puede ser útil para sembrar el terror como para vender calma, todo en clave publicitaria; a la postre, ninguna estadística y registro sirven de nada si quienes dirigen la planificación sanitaria no entienden lo que ocurre o sus motivaciones en lugar de ser sublimes son miserables.

Por eso también hay voces de las que es mejor pasar de largo, como la del ministro de Salud, que ha faltado a sus deberes de un modo grosero ante la amenaza de la cepa ómicron desatendiendo el sentido común y su mandato profesional. Si bien todos en El Salvador entienden que la compulsión megalómana y la desconfianza de quienes le rodean obliga al presidente a hacerse cargo de los temas de naturaleza técnica para los que no está capacitado, el titular de Salud no puede eximirse de su responsabilidad si no es demostrando que hizo las recomendaciones adecuadas y a tiempo, o bien reconociendo que estuvo de acuerdo con dejar las fronteras abiertas en diciembre pese a lo que ocurría y a lo que se decía y aconsejaba desde la comunidad médica internacional por consideraciones de otro tipo.

Nadie es infalible ante un fenómeno de este calibre y naturaleza, pero la indolencia del gobierno en estos dos meses ameritaría interpelación e investigación si El Salvador todavía gozase de independencia de poderes. Que en 24 horas el ministro cambie de declaraciones en una materia que está costándole tanto a la nación y al Estado corrobora el desorden de prioridades de varios en el gabinete y la desvergüenza en que puede caer una persona cuando cuenta con garantía de impunidad.

La pandemia ha terminado siendo un negocio para algunos en El Salvador, en lo privado pero también en lo público, la oportunidad para beneficiar a familiares y amigos con condiciones ventajosas en procesos de compra, adjudicaciones y demás. También fue la plataforma diplomática para que la República Popular China o Rusia se acercaran con un rostro amable a ciertos Estados pese al historial de aproximaciones abusivas que caracteriza su mentalidad expansionista.

Los que gobiernan y la camándula de inversionistas y empresarios que los acuerpa han acumulado en estos dos años, en algunas ocasiones llevando alivio y servicios a la población y en otras, encareciendo y especulando con la necesidad; muchos salvadoreños no lo entienden todavía, o creen que eso no es sino un matiz ético excusable. Pero lo de estas últimas semanas no acepta disculpas ni siquiera de los defensores más feroces del régimen: se ha dado un ejemplo al mundo de irresponsabilidad y se ha actuado como si la salud de la gente fuese una mercancía secundaria frente a la actividad económica, el ingreso de la diáspora y el consumo decembrinos.

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