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El oficialismo empieza a cosechar lo que sus misóginos sembraron

Algunos personajes expertos en el insulto encontraron en este clima su primavera, con el apoyo del círculo presidencial. Las principales muestras de apoyo a estos profesionales de la inquina fueron el silencio de Bukele ante los excesos mayoritariamente misóginos y abiertamente matones de algunos de sus agentes. La prueba final de que estos críticos de pobre ralea y pretendida independencia eran peones de la estrategia de intimidación del régimen fue que varios de ellos aparecieron en las primarias legislativas y municipales de Nuevas Ideas.

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El ambiente político se convirtió en el último año en una vorágine. Ni siquiera la pandemia detuvo la maquinaria del odio activada desde el oficialismo, un aparato que pretende destruir reputaciones, intimidar opositores, perseguir periodistas y desalentar a cualquier ciudadano con ánimo crítico que no quiera someterse al discurso gubernamental.

Algunos personajes expertos en el insulto encontraron en este clima su primavera, con el apoyo del círculo presidencial. Las principales muestras de apoyo a estos profesionales de la inquina fueron el silencio de Bukele ante los excesos mayoritariamente misóginos y abiertamente matones de algunos de sus agentes. La prueba final de que estos críticos de pobre ralea y pretendida independencia eran peones de la estrategia de intimidación del régimen fue que varios de ellos aparecieron en las primarias legislativas y municipales de Nuevas Ideas.

Nuestra nación apenas va aprendiendo sobre la democracia; sabe de ella tanto como de la tolerancia, la utilidad del disenso y el aprecio de la dialéctica como herramienta para la resolución de conflictos. Aun siendo así, las transgresiones, comentarios de carácter sexual e insinuaciones indecentes no son motivo de adhesión, al menos públicamente; la militancia sorda a la que se invita a los ciudadanos no es suficiente para que la población se olvide de las buenas costumbres y la urbanidad. Al menos no todavía.

Aun entendiendo que acosadores y misóginos en sus filas sólo le representarían problemas, en su gula propagandística la facción que gobierna y sus parásitos políticos intentaron justificar el tono de esas expresiones durante los últimos meses, naturalizando el tono chabacano y denigrando sistemáticamente a algunas representantes de la oposición. A tal efecto recurrieron a youtubers hinchados de pauta y tráfico, a activistas disfrazados de comunicadores o a propagandistas disfrazados de periodistas; el mismo presidente de la República se prestó a algunas de esas chanzas, rebajando aún más su alta investidura.

Pero no hubo modo de mimetizar ni de camuflar a esos personajes, tampoco de hacer pasar como dinámica política estándar lo que a todas luces es odio contra las mujeres, complejo de inferioridad y signo de un carácter pernicioso. Nada de eso les funcionó para disimular este rasgo de su comunicación porque o bien no les importa o esencialmente creen que lo único peor que un opositor es que ese ciudadano sea una ciudadana.

La estigmatización de la participación femenina en la política tiene larga data en El Salvador. Las salvadoreñas pelearon por el derecho a la participación ciudadana tan temprano como en los años veinte, y en 1930 Prudencia Ayala luchó sin éxito por participar como candidata en las elecciones presidenciales. Desde la cultura dominante se emprendió contra ella con el objetivo de asesinar su carácter, pero a la postre sus esfuerzos devinieron en el sufragio femenino.

Qué tanto se ha avanzado en ese orden, qué tanto se ha honrado el mandato constitucional de reconocer la igualdad entre hombres y mujeres, qué tan segura es la atmósfera profesional para las salvadoreñas y qué garantías legales tienen esas ciudadanas al incursionar en la vida pública y en la contienda política son preguntas que deberían impulsarse como directriz de Estado. En su lugar, el gobierno de turno optó por un silencio irresponsable, innoble y cómplice en esta materia, el mismo que ayer le pasó la primera factura.

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