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La pandemia del descontrol se ha vuelto imparablemente invasiva en todos los espacios del escenario global

El control es parte fundamental de la vida sana y sustentada; y, en contraste, el descontrol es el elemento distorsionador que lo arruina todo.

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David Escobar Galindo - Columnista de  LA PRENSA GRÁFICA

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La palabra de moda en estos días es "pandemia", a raíz de la traumatizante experiencia del coronavirus, pero al ver bien las cosas se hace patente que hoy estamos ante algo mucho más variado y complejo que una pandemia de naturaleza sanitaria porque por doquier van apareciendo signos pandémicos de la más variada índole. La globalización está haciendo que el término "pandemia" le vaya ganando la delantera al término "epidemia", y eso ha venido a recalcárnoslo el ya universalmente famoso Covid-19, que hoy anda suelto por todas las latitudes, sin que en verdad nadie sepa cómo pararlo, aunque ya parece estar en camino la deidad de la vacuna, que ojalá se haga visible muy pronto.

Y entonces tenemos a la mano otra imagen pandémica, de una naturaleza muy distinta, que es esa que por impulso inmediato llamamos "pandemia del descontrol", y que se propaga principalmente en los campos políticos. No es necesario ir muy lejos para identificar esa nueva pandemia, que desde luego también tiene vínculos identificables en el tiempo: es ese descontrol que viene apoderándose de los comportamientos políticos nacionales con una intensidad creciente que dice mucho de la rusticidad anímica de quienes ejercen dicha función, y que se vuelto más visible en la medida que la interactividad democrática asume protagonismo en el ambiente, por necesidad evolutiva. Es como si viviéramos en un mundo al revés.

El descontrol político produce un desorden nefasto, que podemos constatarlo en múltiples lugares del mapamundi. Hay algunos ejemplos que son especialmente reveladores, como los de Estados Unidos y Brasil, donde los liderazgos gubernamentales exacerbados parecen ser adictos a estar en permanente pugna con las respectivas realidades. Y resulta inverosímil que hasta un tema tan elemental como el uso de mascarillas para protegerse y evitar los contagios del coronavirus se vuelva motivo de polémica caprichosa al más alto nivel. Ahora, cuando lo lógico sería que imperaran la cautela y el orden, lo que vemos proliferar en el día a día son la eruptividad pasional y las desconfianzas llevadas al límite.

Como se sabe por el mismo testimonio de los hechos, si algo cuesta poner en orden son las conductas humanas salidas de control, y es por eso que esta época se ha vuelto más imprevisible que las anteriores. Todas las normas de comportamiento están ahí, vigentes a medias; pero las tentaciones de saltarse las bardas al primer estímulo pierden cada día más escrúpulos para salirse con las suyas. Aun las normas que parecían firmes para siempre se tambalean a nuestro alrededor, y esa es la señal más peligrosa de los tiempos. No es de extrañar, entonces, que la inseguridad tenga hoy las riendas del devenir, con lo cual se genera un ambiente que se asemeja a un festival de apagones y de destellos cegadores.

No hay nada más alarmante ni más angustioso que estar en el limbo de la realidad, cuando ésta vive dominada por los movimientos erráticos. Esto no se puede dejar como está, porque eso sería condenarse a la inestabilidad permanente. Los seres humanos de este momento tenemos que hacer inevitablemente un alto en el camino, para que éste no se siga volviendo una pendiente sin asideros. Y esto no va a lograrse con las viejas fórmulas que ya no responden a los reclamos del momento que se vive, ni con un salvataje improvisado por los atrevidos de siempre, que nunca cejan en imponer su voluntad. Hoy tiene que haber una retoma de conciencia tanto sobre el presente como sobre el devenir, para ir en cadena con la evolución.

Entretanto, la pandemia del descontrol continúa moviéndose por todas partes como una bailarina enardecida que se apodera de cuantos escenarios encuentra a su paso. Y este ejercicio imparable puede llegar a ser peor que todos los conflictos que están registrados en los archivos históricos. El control es parte fundamental de la vida sana y sustentada; y, en contraste, el descontrol es el elemento distorsionador que lo arruina todo, en lo personal, en lo social, en lo económico, en lo político... En esa línea, se vuelve insoslayable y urgente replantearse las estrategias en todos esos órdenes, para ir despejando rutas de avance que no sean sólo hacia el desarrollo sino sobre todo hacia la transformación integral.

Que pase pronto la pandemia del coronavirus, y que pase muy pronto también la pandemia de los otros descontroles. Esa debe ser más que nuestra tarea nuestra misión en estos días actuales y por venir. El tiempo es el mejor instructor con que contamos.

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