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La servidumbre voluntaria

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Ernesto Mejía - Subjefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA

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Aunque fechar con precisión el año en que Étienne de La Boétie escribió su "Discurso sobre la servidumbre voluntaria" haya sido desde siempre una tarea complicada, se cree que el hecho que lo empujó a redactarlo fue el trágico final de la revuelta de las gabelas, una sublevación campesina en contra del impuesto con el que se gravaba la sal que, en 1548, sacudió a la antigua región de Guyena, en el sudoeste de Francia.

Según la versión más extendida sobre el génesis del texto, sería la brutal represión que desataría el rey Enrique II la que impulsaría al escritor –por entonces un estudiante de derecho que apenas rondaba los 18 años– a dar forma a ese brevísimo tratado que, por su profundo sentido antiautoritario, estaría llamado a ser un precursor de obras clásicas como "El contrato social" de Rousseau y "La desobediencia civil" de Henry David Thoreau.

Impactante por cuanto fue concebido en un momento en el que el absolutismo monárquico afianzaba su poder en Francia, el Discurso constituye una honda reflexión sobre la tiranía y la dominación que gira en torno a una pregunta fundamental: ¿Cómo es posible que millones de personas se vean tan dócilmente sometidas a los caprichos de un solo hombre que no es las más de las veces ni siquiera el más fuerte ni el más valeroso ni el más brillante?

Si bien La Boétie acuerda un papel importante a la represión, al peso de la costumbre, a las distracciones lúdicas que ofrecen los tiranos y a la manipulación que estos hacen de la religión, para él, el verdadero sostén de todo despotismo consiste, más que en la fuerza de las armas, en el apoyo de un puñado de hombres y mujeres que se acercan a ese amo para ganar su favor a cambio de plegarse a sus órdenes y ayudar en la subyugación de los demás.

Ese grupúsculo más cercano de cortesanos y aduladores, que según La Boétie no pasa de cinco o seis personas, tiene a su vez bajo su protección a otros seiscientos oportunistas que extraen del sistema de dominación sus propios beneficios, quienes a su vez sujetan a otros seis mil y estos a otros tantos, y así sucesivamente, hasta crear un intrincado engranaje en el que la mayoría no solo se resigna a la sumisión, sino que la abraza.

"En suma, se llega a un punto en que gracias a la concesión de favores, a las ganancias, o a las compensaciones que se obtienen con los tiranos, hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la libertad sería deseable", resume.

Expuesta así la maquinaria que permite la imposición del yugo de uno sobre todos, La Boétie plantea una solución que parecería de una facilidad pasmosa. Para librarse de esa sumisión, no habría necesidad de recurrir a la violencia, ni siquiera habría que combatirla de forma alguna. Bastaría con que todos se negaran a brindar su apoyo al opresor para que este, inerme y solitario, se desplomara por su propio peso.

La Boétie, sin embargo, no se hacía ilusiones. Reconocía que la libertad era acaso el único bien que, a pesar de su valor incalculable, los hombres menospreciaban y que aquellos provistos con el coraje suficiente para desearla y elegirla eran casi siempre los menos.

En momentos en los que vemos cómo en nuestro país una miríada de funcionarios, empresarios y profesionales de toda laya muestran, a cambio de prebendas o de alguna cuota de poder, su disposición a convertirse en vulgares siervos y a allanar el camino a un autoritarismo que tiranizará a toda la nación, el Discurso se antoja de una vigencia impresionante.

Desde sus más 470 años de edad, la obra nos recuerda que ningún tirano alcanza el poder ni pervive en él si no es con el apoyo de hombres y mujeres determinados a sacrificar sus voluntades y sus dignidades en función de beneficios temporales. Y que, por tanto, su reconocida prescripción: "Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres", a pesar de su asombrosa sencillez es más complicada de realizar de lo que parece, pues exige un compromiso activo con la libertad que, como ya vemos, no todos están dispuestos a asumir.

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  • servidumbre voluntaria
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