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Lo más curioso de la situación actual es que lo que más induce al orden en todos los sentidos es el descontrol generalizado que trae consigo la pandemia

Lo que sí se vuelve más necesario y urgente a cada paso es reconocer las fallas y las insuficiencias en el comportamiento general.

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David Escobar Galindo

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En todo tiempo y en toda sociedad se hace imperativo siempre que haya permanente disponibilidad de mecanismos preventivos de crisis; pero como las situaciones críticas extremas se presentan muy de vez en cuando a lo largo del tiempo, la tentación que tiende a imperar sobre todo en ambientes con escasa conciencia de normalidad respetuosa es a dejar que las cosas pasen sin darles mayor importancia. Ese justamente es el caso de nuestro país, donde la tendencia a la indisciplina se ha venido convirtiendo tradicionalmente en una práctica a la que casi nadie le presta atención correctora. Y esto no sólo representa una fuente de constantes trastornos y disfuncionalidades sino, sobre todo, un desagüe de oportunidades que provoca grandes pérdidas en todos los sentidos. Es lamentable y aleccionador a la vez que haya sido necesario que viniera una emergencia como la derivada del contagio pandémico del Covid-19 para que sonaran las alarmas en función de un reordenamiento de conductas que ya no puede dilatarse más bajo ningún argumento o excusa.

Si hubiéramos empezado a activar la disciplina social en todos los espacios del acontecer nacional, desde el ejercicio personal hasta los procederes empresariales e institucionales de la más variada índole, estaríamos en otras. De nada sirve a estas alturas ir a rastrear las culpas y los culpables de que las cosas no se dieran como era pertinente para asegurar la estabilidad y la seguridad de todos los procesos nacionales; pero lo que sí se vuelve más necesario y urgente a cada paso es reconocer las fallas y las insuficiencias en el comportamiento general, que está requiriendo transfiguraciones básicas al respecto. Todo esto hace que la disciplina, de la mano de la avasalladora pandemia, se haya convertido en un reclamo inexcusable de la realidad, como en ningún momento anterior en el curso de nuestro proceso evolutivo.

Todo esto se dice muy fácilmente, pero detrás de las palabras hay un conjunto de realidades revueltas y contradictorias que no pueden ser tratadas de manera superficial ni improvisada, porque justamente esas dos son las distorsiones que más daño le han causado al fenómeno real salvadoreño. Y en lo que a los efectos de la crisis del coronavirus se refiere, la consistencia debe sustituir a la superficialidad y la disciplina debe sustituir a la improvisación.

Subrayamos esos dos términos que en cualquier circunstancia son vitales para que la realidad se haga valer como tal: consistencia y disciplina, principalmente porque tales líneas de manejo nunca han sido asumidas en forma responsable en nuestro ambiente. La consistencia hace que cada una de las acciones que se emprendan, en cualquiera de los ámbitos del quehacer real, esté debidamente afincada en los hechos; y la disciplina implica que todos los tratamientos e iniciativas que se pongan en marcha respondan a lo que debe ser y no a lo que arbitrariamente se quiere que sea. En el fondo, la red de sostén tiene que provenir de la vigencia de otros dos términos inesquivables: lucidez y sensatez puestas al hilo.

Tenidos en cuenta todos estos componentes de la tarea por hacer para que el país no sólo salga adelante de la crisis actual sino que pueda tomar la buena ruta hacia sus metas de autorrealización y de progreso, se nos evidencia sin ningún género de duda que aquí no valdría simplemente darle vuelta a la página, como ha sido tentación constante. Todo facilismo está fuera de lugar, y eso hay que agradecérselo, en primer término, a la gravedad desconcertante de la pandemia que nos agobia. Hoy ni los científicos más notables ni los poderosos más encumbrados tienen fórmulas que operen de antemano. Tanto en lo sanitario como en lo económico lo que impera es el tanteo, y por ende hay que aplicar a la vez la prudencia y la eficiencia. ¡Vaya lección!

Los salvadoreños hemos sufrido y solventado situaciones de extrema gravedad a lo largo del tiempo, pero esta es de seguro la primera vez en que nos toca enfrentar un desafío de funcionalidad existencial que asume proporciones no sólo de trascendencia histórica comunitaria sino también de reanimación de la identidad individual y nacional. Y en este plano tendremos que movernos de aquí en adelante. El trabajo por hacer es grande, y de igual o de mayor magnitud es la expectativa de resultados. Los salvadoreños de hoy somos ya sujetos de mañana.

Una de las tareas básicas estriba en revalorarnos, en lo individual y en lo colectivo. Volvamos la vista hacia notables instructores de salvadoreñidad como Masferrer y Gavidia para recoger insumos morales y vivenciales que nos sustenten en la ruta.

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