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Los Acuerdos de Paz son de todos los salvadoreños

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Luis Membreño - Economista

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El mundo estaba cambiando rápidamente en la medida que avanzaba 1989. El bloque comunista que lideraba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que había comenzado su conformación con la revolución bolchevique de 1917, estaba llegando a su final. Después de la Segunda Guerra Mundial, luego de la caída del nazismo en abril de 1945, Alemania fue dividida entre los aliados triunfadores y Alemania Oriental quedó en manos de la URSS. Ahí se erigió el Muro de Berlín y ese fue un símbolo de la separación entre el mundo comunista y el capitalista.

En El Salvador se había fraguado durante los setenta un ambiente violento de fuerte polarización, odio de clases y belicosidad que desembocó en la creación de cinco facciones guerrilleras que por presión de Cuba se unieron para crear el FMLN-FDR en 1981. El apoyo de la URSS, a través de Cuba y Nicaragua, permitió armar a la guerrilla, con lo que la guerra abierta inició el 10 de enero de 1981 con la denominada "ofensiva final".

Ya para 1989 había pasado mucha agua bajo del puente, secuestros, asesinatos, desapariciones, ajusticiamientos, combates, ataques, emboscadas, minas. Miles de salvadoreños habían perdido la vida y otra gran cantidad habían quedado lisiados de por vida. Al tomar posesión el presidente Alfredo Cristiani en junio de 1989, sorprendió a propios y extraños con una propuesta de crear una comisión para negociar la paz. En ARENA y en las filas tanto del ejército como del FMLN había mucha desconfianza y rechazo hacia la decisión de Cristiani de negociar la paz. Gran parte de la ciudadanía también opinaba que se debía derrotar y exterminar al enemigo.

El proceso de negociación inició en julio de 1989 pero sin saberlo el ejército, el FMLN ya llevaba meses preparando la denominada "ofensiva hasta el tope". El FMLN mantenía ocupado al gobierno negociando la paz mientras se armaba y preparaba todo para la ofensiva que inició el 11 de noviembre de 1989. La ofensiva y la caída del Muro de Berlín, además del desmoronamiento de la URSS que caería con la perestroika en 1990, convencieron tanto al FMLN como al ejército que ambos se quedarían sin apoyo bélico y económico para continuar con la guerra indefinidamente. La población llegó a la conclusión que ninguno de los dos bandos podía ganar la guerra y que era el momento de apoyar una salida negociada al conflicto.

Naciones Unidas puso todo el empeño para mediar el final del conflicto y tanto Estados Unidos como la URSS-Rusia presionaron por que la negociación llegara a un final pronto. El 31 de diciembre de 1991 salió humo blanco en Nueva York, minutos antes que terminara su período el secretario general de Naciones Unidas Pérez de Cuéllar, por lo que el 16 de enero de 1992 se firmó la paz en aquella emotiva ceremonia en el Palacio de Chapultepec, en México.

Se estableció ONUSAL en el país para verificar que se cumplieran los Acuerdos que se habían firmado y a pesar de toda la desconfianza que había entre militares, guerrilleros, políticos y ciudadanos en general, el proceso se fue acentuando y ha sido un ejemplo en el mundo, del que todos los salvadoreños nos debemos sentir orgullosos.

Nada ni nadie puede cambiar la historia, ni puede hacer una simplificación burda que reduzca los Acuerdos de Paz a ARENA y al FMLN. Todos los salvadoreños, independientemente del bando al que pertenecíamos o apoyábamos, fuimos parte de esos Acuerdos. A todos nos costó perdonar, nos costó pasar de una mentalidad de guerra, destrucción, muerte y violencia a una mentalidad de paz, de tolerancia, de respeto a los que piensan diferente, de diálogo y a interiorizar que los problemas se resuelven hablando y no matando.

Hoy nuestros hijos y nietos escuchan las historias de la guerra como algo anecdótico, pero gracias a los Acuerdos de Paz han podido vivir en un país muy diferente. No es un país perfecto, sigue teniendo grandes retos en todos los campos, los cuales hay que enfrentar, pero no es negando la historia y nuestro pasado que vamos a caminar hacia ese futuro al que todos aspiramos. Celebremos la paz y la vida como buenos cristianos que somos y nunca olvidemos el pasado, porque no queremos volver a él.

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