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Nerviosismo

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Es inocultable el nerviosismo que cunde a ambos lados del actual escenario político salvadoreño, léase entre oficialistas y opositores. Y no es para menos. Por un lado, las encuestas que podemos llamar "tradicionales" –por su antigüedad y propuesta metodológica– arrojan datos absolutamente singulares, con bandazos entre lo previsible y lo insólito; y por otro, la suma abigarrada de resultados extraídos de sondeos digitales que advierten que la competencia por la Asamblea Legislativa está más abierta de lo que se cree. En medio de esos polos, los ciudadanos hemos tenido suficiente para darnos gusto haciendo cábalas.

La pregunta del millón de dólares, sin embargo, sigue en el aire: ¿qué va a pasar este 28 de febrero? ¿Los salvadoreños le otorgaremos un cheque en blanco al presidente para que consolide su autoritarismo, o nos decantaremos por ese necesario balance entre poderes de Estado que hace posible la mera sobrevivencia de cualquier sistema democrático?

Bien mirado, no se trata ya de analizar si las encuestas están erradas o han acertado en sus números finales, sino de qué fenómenos ligados al proceso hayan medido y qué cruces de variables se permitieron hacer a partir de esas mediciones. Me explico.

Cuando una encuesta asegura que el 80 % de quienes respondieron irán a votar, en realidad está tirando una moneda al aire. Y no solo porque es posible que buena parte de quienes hoy confirman su asistencia mañana cambien de opinión, sino porque una ligera variación en ese porcentaje, con su equivalente proporción (decreciente o no) en el otro grupo –es decir, en quienes rechazan ir a votar–, puede cambiar radicalmente el resultado.

A este dato –no menor– sobre la cantidad real de ciudadanos que efectivamente acudirá a las urnas, debemos sumar la complejidad de nuestro sistema de cocientes y residuos, pero atendiendo al cruce adicional de dos grupos muy distintos: los salvadoreños que marcarán sobre las banderas de los partidos y quienes preferirán marcar sobre los rostros de los aspirantes. Una vez más cualquier variante, por mínima que parezca en un sondeo, si afecta las proporciones de estos dos conjuntos poblacionales, hará una enorme diferencia a la hora de repartir escaños.

De ahí la precaución que han tenido los encuestadores serios en dictaminar sobre la distribución final de diputados. De ahí también el nerviosismo que a ambos lados de la cancha política ha venido exhibiéndose, con la cada vez más notable insistencia del oficialismo en gritar ¡fraude!, ¡fraude!, sin aportar mejor prueba que la pura y llana conjetura.

La única explicación posible para ese intento de desprestigiar a priori el evento electoral es un descuadre alarmante en los propios números. Porque si es verdad que el 97 % de la población aprueba al gobierno y si alrededor del 70 % de los votantes apoya a Nuevas Ideas, ¿qué sentido tiene advertir de maniobras fraudulentas que sería imposible ejecutar ante victoria tan arrasadora?

Más bien parece que se está preparando el terreno para un plan alternativo en el caso que NI-GANA sobrepase los 50 diputados pero se quede por debajo de 55. Y entonces vienen a la mente aquellas imágenes de violentas hordas trumpistas metiéndose a la fuerza en el Capitolio de Washington...

¿Exageramos? Dios lo quiera. Pero no olvidemos que allí donde los límites han sido ampliamente desdibujados por el ansia de poder, ninguna posibilidad es descartable.

Tags:

  • nerviosismo
  • autoritarismo
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