Oposiciones, posiciones y protestas en Venezuela

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Si las ordenamos por sus posiciones, luego del proceso electoral del 21 de noviembre, cabe señalar que, ahora mismo, la oposición democrática (¿son todos demócratas y todos realmente opositores?) aparece fragmentada y dispersa, en principio, en nueve facciones o posiciones. Las describo a continuación, de modo esquemático. El orden en que las expongo no significa ninguna preferencia de mi parte: es solo el modo en que las he recordado.

La primera que anoto aquí sostiene que la próxima tarea consiste en promover una asamblea constituyente, es decir, una especie de volvamos-a-un-punto-cero, puesto que la ruina y el fracaso venezolano necesitan una revisión a fondo de todo lo revisable: las leyes, la estructura del Estado, las instituciones, los derechos de las personas y más. Sostienen los promotores de la tesis que cualquier otra solución no será más que maquillaje y una manera de prolongar el deterioro.

Otra corriente opina que la política correcta debe ser la de realizar un referéndum revocatorio. Dicen: hay que enfocarse en una gran acción de carácter electoral, que haga posible que la inmensa e incontestable mayoría que rechaza al régimen pueda expresarse y liberarse de Maduro. Algún adepto a esta presunción ha sido que podría ocurrir hacia septiembre u octubre de 2022.

Voy con la tercera: los que defienden que el camino es la lucha por la elección presidencial en 2024. Entre sus argumentos más reiterados destacan dos: que todo este tiempo (más de dos años) se utilizarían para escoger el candidato de los demócratas, que enfrentaría a Maduro, y en organizar una verdadera estructura electoral, que tendría que enfrentar a la múltiple maquinaria del CNE, el PSUV, la FANB, el TSJ, la Dgcim, el Sebin, la Fiscalía del régimen, la Policía Nacional, el ELN, las ex-FARC y más. Esta sería la vía que gozaría de mayor apoyo internacional.

Lo que los propagandistas de estas tres tesis no mencionan es que cualquiera de ellas tendría que realizarse bajo la conducción de un Poder Electoral que sigue bajo control de un régimen que se niega a abandonar el poder, al costo que sea, y que ahora ha llegado al extremo de sus métodos delincuenciales: someter al Poder Electoral a las decisiones del ilegítimo, ilegal y fraudulento tribunal político de justicia. El robo cometido a Freddy Superlano es la más reciente radiografía del estado del régimen: la podredumbre no ha retrocedido, sino que sigue allí, mutando, adquiriendo nuevas formas.

La cuarta tesis propuesta es la de una asamblea de ciudadanos que, en su enunciado general, tiene un carácter vinculante. Al menos, en teoría, debería ser organizada por la mayor cantidad de comunidades del país, concentrada en el tiempo, coordinadas unas con otras, para debatir una agenda concreta de asuntos y decidir (¿fin del régimen de Maduro? ¿Inicio de una transición?). La dificultad de esta tesis es obvia: la organización y logística de una operación política como esta sería de extrema complejidad.

La siguiente propuesta, quinta en este recorrido, es la de convocar a un proceso electoral interno, y elegir a un nuevo liderazgo opositor o, como han interpretado unos pocos, legitimar al actual. Es decir, una batalla entre los demócratas (como si se tratase de unas primarias; ¿significaría esa posible elección, que de ella saldría un posible candidato presidencial para enfrentar a Maduro en 2024? ¿Es esa la idea que está en el trasfondo?), para así superar las distintas visiones y criterios sobre cómo encarar la lucha. Huelga decirlo: esas primarias tendrían que estar bajo la tutela y el control de los mismos organismos –CNE, TSJ, FANB– que facilitaron el arrebato a Superlano.

Las siguientes dos propuestas giran alrededor de Juan Guaidó, el presidente del gobierno interino que, hay que reconocerlo, todavía aglutina significativos apoyos en el ámbito internacional. De una parte están los que sostienen que ha llegado el momento de reemplazarlo, pero, asombrosamente, no se explica para qué habría que hacer tal cosa. En otras palabras, quieren quitarlo, pero sin un plan alternativo. La contraparte, es decir, los que insisten en que debe quedarse, se parecen a los anteriores: tampoco parecen tener un plan definido ni a corto ni a mediano plazo. La impresión que sugieren es que hay una actitud de ir resolviendo el día a día y no más allá. Estas que he mencionado, a favor y en contra de Guaidó, son las tesis (esta palabra les queda grande) sexta y séptima.

La octava posición es una extensión, una variante del pensamiento alacrán: buscar una negociación con el gobierno –hacer caso omiso a su condición de ilegitimidad, al carácter fraudulento de su poder–, bajo la fantasía de que al régimen voraz le interesa por su imagen internacional, y que está dispuesto a tolerar que, en algunas zonas del país, haya zonas gobernadas por los demócratas (habría que preguntar, después del atraco a Superlano, si la ilusión se mantiene en pie).

La última, novena de las propuestas que conozco: no hacer nada, esperar a que pase "algo", incluyendo el surgimiento de un nuevo liderazgo o de una generación de dirigentes, tal como ocurrió en 2007. Si, tal como lo sugieren algunas encuestas, el desencanto hacia el conjunto de la dirigencia de la oposición democrática ha crecido, especialmente en los últimos dos años, entonces el mercado potencial de esa posible nueva oferta política está listo para quien aparezca con un mensaje creíble y convincente.

Pero mientras todas estas opciones son objeto de estériles debates, devaneos y confrontaciones, hay un país que sufre, una sociedad apabullada por la pobreza, comunidades que todos los días salen a la calle a protestar por el estado de los servicios básicos, por la debacle del sistema de salud, contra la violación sistemática de los derechos humanos: sin apoyo, sin recursos, sin dirección política, desconectados de la clase política, que luce ajena, distante de tantas adversas realidades.

Y es esta, justamente, la opción esencial que falta en las proyecciones opositoras: la de sumarse, incorporarse a las luchas y, así, establecer conexiones entre unas luchas y otras, para que ellas puedan potenciarse, articularse local y nacionalmente, y convertirse en un gran movimiento nacional que se constituya en el factor decisivo de la etapa post 21 de noviembre, jornada que puso en evidencia la tremenda debilidad social del régimen en el poder. Esta es la hora en que la clase política debe levantar su mirada de las diatribas internas y poner sus energías al servicio de las luchas populares, sin perder ni un minuto más.

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