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Por una agenda salvadoreña estadounidense más integral

Indiscutiblemente, el principal lazo entre estas dos naciones son los salvadoreños que trabajan en Estados Unidos, un fenómeno de éxodo sin pausa desde los años setenta que se ha traducido en el envío de millones de dólares a la economía nacional. El año pasado, El Salvador ingresó $5 mil 918 millones de dólares en concepto de remesas familiares.

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Es importante insistir en la relación de El Salvador con Estados Unidos, en lo importante del momento geopolítico y en las oportunidades y retos que la coyuntura supone. Eso no equivale a que una república deba someter su soberanía a los intereses de otra, sino a recordar que hay un modo de honrar los intereses comunes.

¿Cuál debe ser la agenda salvadoreña? ¿Debe circunscribirse sólo a la situación migratoria? ¿Y la estadounidense? ¿Es válido que desde esa democracia se preocupen tanto por la salud de la institucionalidad en El Salvador?

Indiscutiblemente, el principal lazo entre estas dos naciones son los salvadoreños que trabajan en Estados Unidos, un fenómeno de éxodo sin pausa desde los años setenta que se ha traducido en el envío de millones de dólares a la economía nacional. El año pasado, El Salvador ingresó $5 mil 918 millones en concepto de remesas familiares.

En países de renta baja y hasta mediana, las remesas son el único paliativo a la pobreza. Con ese ingreso, muchas familias en la línea de pobreza mejoran los resultados nutricionales y son la diferencia entre participar de la vida escolar o abandonar a niños y adolescentes en las filas del trabajo infantil.

A diferencia del resto de países latinoamericanos, todos con población migrante y flujo de remesas, para El Salvador ese dinero es imprescindible, en algunos años equivalente a hasta un 18 por ciento del producto interno bruto. Ese dinero supera lo que el país ingresa en promedio por las exportaciones, un contrapeso decisivo al déficit comercial constante de nuestra economía.

El lazo, pues, no depende de las veleidades de la política, supera lo diplomático y tiene unos componentes que van desde lo humanitario hasta lo macroeconómico. Es un nexo que nace de la inestabilidad social y de la persecución política desatadas durante el recrudecimiento de la dictadura militar salvadoreña, motor de una migración que no se ha detenido a consecuencia de la incapacidad del Estado criollo de satisfacer las necesidades de las grandes mayorías: trabajo, educación, salud y seguridad.

Esa histórica tara del aparato estatal salvadoreño no sólo es una piedra de tropiezo para el desarrollo humano de la nación sino una de varias matrices que debilitan la economía estadounidense, ya que si bien el extranjero ilegal le añade valor, debilita el ámbito legal y es considerado por la administración norteamericana como un problema de seguridad nacional. Así pasa cuando los indocumentados en tu suelo superan los 10 millones de personas y el ritmo crece a un ritmo de 700 mil año con año.

Aunque el fortalecimiento democrático e institucional y el cultivo de un Estado de derecho potente sean aspiraciones a largo plazo, es la única dirección en la cual se puede apuntar para incidir en la migración. Es eso o enfocarse sólo en la seguridad fronteriza, lo cual sólo inflige más vejámenes y aumenta la crisis humanitaria en la región.

Tal debe ser la agenda salvadoreña estadounidense, una que ponga al desarrollo humano en el centro, que reconozca los derechos de los ciudadanos de ambos países sin importar donde se encuentren, que aunque criminalice el tráfico ilegal de personas no trate a los inmigrantes como criminales, y que subraye la responsabilidad de El Salvador de alcanzar superiores cuotas de institucionalidad y participación ciudadana en función de esas mayorías susceptibles al éxodo.

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