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Si nos seguimos endeudando sin continencia ni control estaríamos avanzando hacia una insostenibilidad extrema

El crecimiento y la expansión de la dinámica económica es la llave maestra del desarrollo en el más puro y funcional sentido de dicho término.

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Basta aplicar el conocimiento práctico acumulado a lo largo de los tiempos para saber sin alternativas que el que gasta más de lo que tiene normalmente disponible, más temprano que tarde queda expuesto a todas las eventualidades de una situación estructuralmente crítica, y esto es aplicable a los individuos y a las colectividades de todo tipo, incluyendo desde luego al Estado. En el caso de las entidades estatales los riesgos y las irresponsabilidades se hacen mayores porque hay un periódico relevo de los encargados de la conducción, y por consiguiente los que están hoy no tienen ningún interés en lo que pueda pasar cuando concluya su respectiva gestión, y casi siempre los que van por salir aplican aquello de "después de mí, el diluvio", para significar que lo que venga deberá cargar sobre los que llegan. Así se ha producido la perversa acumulación del endeudamiento, sin tomar en cuenta que en definitiva quien sale más perjudicada es la población que no tiene nada que ver con todos estos desatinos en cadena.

Lo más grave del descontrol del endeudamiento es que se vuelve costumbre que después es muy difícil poner en juicio, porque además es una carga acumulativa que va generando más endeudamiento, ya que las medidas que podrían evitarlo tienden a ser impopulares, pues implican restricciones en el gasto y disciplinas de austeridad. Tenemos una Ley de Responsabilidad Fiscal que debe ser cumplida y respetada en forma espontánea, y no sólo porque es mandato legal sino porque el buen juicio así lo determina; y complementariamente, porque si no nos disciplinamos de veras todo lo demás irá quedando en el aire.

De continuar como hemos estado en este campo, las cargas por honrar se irán haciendo más y más depredadoras. Bastan algunos números para demostrarlo: en 2020, el Estado salvadoreño tendrá que desembolsar más de 1,200 millones de dólares en intereses para el servicio de la deuda acumulada, y esta pesadumbre se va incrementando de manera progresiva porque no se cuenta con los recursos normales para darles tratamiento a iniciativas tanto sociales como de desarrollo económico. Y en este último punto hay que poner un énfasis fundamental, ya que por ahí va una de las claves del desempeño saludable y sostenible.

El crecimiento y la expansión de la dinámica económica es la llave maestra del desarrollo en el más puro y funcional sentido de dicho término. Y, como tendría que ser sobradamente sabido por la experiencia acumulada a través del tiempo, y más aún en las décadas que anteceden, si no hay crecimiento acoplado a las realidades sucesivas de nuestra sociedad y de nuestros entornos no hay cómo cimentar un progreso que genere prosperidad continuada, que es la que realmente cambia la vida de las naciones y de sus integrantes. Si se produce lo suficiente, se va progresando lo necesario, y sólo a partir de ese binomio interactivo es factible consolidar la paz social en todas sus expresiones.

La pregunta del millón, como siempre, es: ¿Por dónde empezar? Y una de las respuestas más pertinentes sería: Por estructurar un plan que integre de manera efectiva y realista lo que se quiere lograr en las distintas áreas involucradas, siendo las dos más importantes y decisivas: el buen manejo de una austeridad que no sea restrictiva sino ordenadora y el despliegue de todos los incentivos que induzcan a que la productividad se impulse y a que las oportunidades ganen cada día más terreno en los distintos ámbitos nacionales.

Lo anterior requiere, sin ninguna duda, inteligencia estratégica y articulación operativa. Ambos elementos deben ser puestos en práctica cuanto antes para que ya no sigamos viviendo en un limbo que no tiene ningún futuro.

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