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Un país sin moral es más vulnerable al mal

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José Ángel Reyes C. - Publicista y comunicador social

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"De quién fue la culpa, no quiero saberlo"... Pero quien o quienes hayan tomado la decisión de suspender la enseñanza de la moral, urbanidad y cívica como materias humanizantes dentro del sistema educativo salvadoreño le dieron una estocada fatal al proceso de evolución, progreso y avance nacional; y entorpecieron a la vez, nuestra ruta civilizatoria de orden ascendente y superante alrededor del desarrollo humano. No cabe duda de que eso fue una decisión desafortunada en nuestra historia educativa que terminó afectando la calidad humana del pueblo, porque ahora, más de cinco décadas después, los efectos negativos de tal arbitrariedad política y ministerial son evidentes en nuestra caótica realidad de hoy. Si fue un cambio motivado por buscar una falaz prosperidad material para el país, su costo fue demasiado alto para tan poco provecho nacional.

Lo cierto es que la sociedad salvadoreña del siglo veintiuno viene experimentando desde hace mucho un denigrante y preocupante deterioro moral, ético y social, generador de múltiples problemas de diversa naturaleza, que tienen a la base, falta de moral. Aunque nos cueste aceptarlo, nos convertimos en una sociedad profundamente atrofiada, ahora bastante urgida de un transformador proceso de regeneración.

Como es sabido, la estructura moral es fuente fundamental de la conciencia humana, misma que brinda a los ciudadanos la capacidad de discernir y razonar su actuación recta, correcta, acertada conveniente y buena para el bien común. Sin embargo, lo más patético es que las grandes mayorías desconocen estas correlaciones, y por ello, nos hemos vuelto una sociedad indiferente ante la inercia corrosiva de tantos males que nos aquejan, producto de la inmoralidad, la falta de urbanidad y civismo. El futuro patrio se mira angustiante y realmente peligroso.

Quien esto escribe, jamás imaginó ver al país rodeado de una creciente anomia que ha puesto al descubierto escandalosas y descaradas historias de corrupción y desvergonzada impunidad que están penetrando y erosionando ámbitos sociales, empresariales, institucionales, jurídicos, religiosos y de la administración pública.

Nunca pensé que las relaciones sociales entre los salvadoreños se deteriorarían y se vulgarizarían a tal extremo que el lenguaje soez se volvería forma cotidiana de un indigno y deshumanizante trato mutuo entre amigos, conocidos y ahora hasta adversarios políticos. Me cuesta aceptar que nuestro país se encuentre en retroceso cívico causado por dificultades de convivencia e intolerancia ciudadana, que se convierten en crecientes focos de conflictos en diversas partes del territorio; algo que sigue motivando la imparable migración de compatriotas que buscan la realización de sus sueños de vida extrafronteras, en especial en Estados Unidos.

La falta de moral reduce la práctica ética, provocando adormecimiento de la conciencia ciudadana y ausencia de responsabilidad social. Esto propicia incremento de la informalidad económica, laboral y tributaria y debilita la seriedad necesaria para recuperar la normalidad estabilizadora y la regularidad funcional que requiere El Salvador para reestructurar satisfactoriamente su desarrollo y crecimiento socioeconómico y su convivencia armónica tanto en lo urbano como en lo rural.

Lo grave y triste del asunto es que al parecer no hay actores, iniciativas e instancias en el país ocupándose de retomar esos tres principios básicos de existencia para fortalecer la convivencia social y perfilar un desarrollo humano de calidad para el pueblo.

Tags:

  • moral
  • sociedad
  • anomia
  • relaciones sociales
  • convivencia

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